Radio

Radio es radio. Punto.


41 Flares

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Una de las tantas cosas que me devuelven a mi infancia es la radio. Y más que el aparato o el invento como tal, pienso que me enamoré del mundo a través de estas cajas mágicas que nos permitían cerrar los ojos e inventar nuevas realidades. Y no es para menos, crecí junto a sus sonidos y pude dimensionar vagamente la grandeza del planeta con un radio viejo en mis manos. Para aquel entonces era toda una aventura pasar las noches en mi habitación asomado por la ventana de aquel cuarto piso, intentando cazar sonidos, voces e idiomas desde el girar de la perilla de un Phillips que no solamente ofrecía dentro de sus opciones el botón para FM/AM si no también otra gama de posibilidades infinitas como la llamada Onda Corta o SW. Una frecuencia utilizada para acceder a las estaciones radiales de otros países, que emiten su señal en esta onda como: Radio France Internacional, Radio Habana Cuba, Radio Canada Internacional, BBC de Londres, Radio Nederland y hasta la particular señal de Radio Martí, una estación que emitía desde Miami tratando de contrarrestar la información impartida por el régimen ofreciendo noticias e información para los cubanos que residían en la isla.

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De aquel viejo aparato solo queda el recuerdo y esta fotografía que encontré después de googlear un buen rato. Y de aquella Onda Corta que tanto deleitaba a los que recorríamos el mundo desde sus sonidos les puedo contar que fue comenzando a migrar desde finales de los noventa hacia el Real Audio, una especie de emisión digital para web que se encargaba de llevar con un sonido no muy estable, ni de muy buena calidad, la señal incidental de aquellas emisoras que ahora, desde una una página web, emitían al mundo su señal con la ventaja de ofrecer en su web la parrilla semanal de programas y contenidos con sus respectivos horarios y la posibilidad de escribir directamente a periodistas, locutores y productores. Algo que replanteaba la aventura de escuchar la “radio del mundo” en las noches de insomnio y sugería entonces desde la llamada revolución digital, una radio que se hacia llamar “virtual e interactiva” pero que lentamente dejaba de ser portable y migraba a la pantalla, en resumidas cuentas, dejaba de hablarnos cerca y al oído.

Aunque tengo los mejores recuerdos de la radio y gracias a su magia he disfrutado de momentos inolvidables, estoy convencido que plantear un debate donde sorprendidos por la novedad del invento de moda hablemos de la “evolución de la radio” o e mencionemos una herramienta o plataforma como la “sucesora de la radio”, sigue siendo apresurado y esnobista. No lo digo porque la radio como la conocemos deba seguir viviendo, de hecho tiene los días contados. Lo digo porque la radio de nuestros tiempos nunca podrá ser remplazada porque cada tecnología trae consigo su propio proceso de transformación cultural y cada uno es absolutamente distinto. Nuestra radio, la de antenas, las conversaciones, las noticias, los relatos, las historias de amor y los oyentes que llamaban a contar episodios de sus vidas, es un instrumento capaz de unir una nación completa lanzando al aire un hilo invisible hecho con la mística del lenguaje y la palabra.

Si los servicios de contenidos musicales por suscripción ya mencionados ofrecen en sus plataformas sociales de musicalización colaborativa, una oportunidad basada en la personalización de canales y listas musicales que pueden ser compartidos a través de redes sociales, podemos estar asistiendo a la verdadera cultura de la programación musical colectiva. Un momento donde cualquiera puede ser DJ o programador musical y compartir su criterio desde la curación de contenidos musicales teniendo en las redes sociales su comunidad natural de oyentes. Un espacio absolutamente interesante que sugiere un nuevo escenario para la música y la cultura de escucha y consumo.

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Y claro, seguirán apareciendo novedosas plataformas para escuchar música desde un computador, una tablet o un móvil, pero seguirán siendo eso, plataformas. La radio de las palabras, la que nos habla al oído y nos acompaña desde la calidez de sus historias, desaparecerá pronto porque cumplirá su ciclo como todos los medios que han existido a lo largo de la historia de la humanidad y así debe ser. Lo paradójico es que en un mundo sobrepoblado de soledades, los objetos y aparatos seguirán ocupando los espacios, momentos, palabras y hasta de pronto a las personas. Suena nostálgico pero no hay que negarse al presente.

Así que a cada cosa por su nombre. Radio es radio. Lo demás es escuchar música por Internet y compartirla en los medios sociales. Si quieren llamar a esto emisoras electrónicas, personales, temáticas, interactivas, colaborativas o personalizadas todavía estamos a tiempo para bautizar al hijo musical de la conectividad y la portabilidad. Para muchos la radio parece resucitar en plataformas web y dispositivos móviles. Pero sigo pensando que es un espejismo, la radio está demasiado ocupada preparando su despedida. O mejor transformándose para una nueva batalla desafiando la distancia y el tiempo.

Mientras escribo este contenido pienso que si nosotros no somos los mismos. ¿Por qué tendría la radio que seguir siéndolo? Adjunto unas fotos a mi post mientras suena un saludo de Alma Castro productora mexicana y el podcast de Fosforo Sequera desde Venezuela nos lleva a recorrer los sonidos del Latin Jazz en la radio global que alguna vez se me ocurrió inventar para compartir un poco de mi amor por este medio: El Café del Mundo.

Suena el piano de Michel Camilo con el guitarrista flamenco Tomatito y me pregunto. ¿Si la radio no es magia, entonces que otra cosa podría ser?

Sencillo, radio es radio. Punto.