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Chabuco y su vallenato… de ida y vuelta


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Una de las bendiciones más grandes de mi historia personal ha sido el permanente contacto con las músicas de diferentes orillas. Tejiendo en el aire una canción, he compartido desde un café hasta un suspiro. Y también, aferrado a muchas más, he soportado desde la desgarradora sensación de despedir un amor hasta la complicidad enigmática que envuelve a dos miradas, cuando se cruzan repentinamente al compás de una melodía. Si tuviera en algún momento que describir mi vida, seguramente diría que fue una sinfonía cuántica, una improvisación concertada donde el destino quiso dictar sus acordes y mi rebeldía, casi por instinto, imponer su ritmo. Tal vez por eso siempre he estado dispuesto a recibir con agrado la disonancia excéntrica de los nuevos aires, esos que sacuden estructuras y terminan por recordarnos algo que no nos gusta, que la vida y el camino de la música debe seguir con o sin nosotros.

Con el vallenato me remonto a un pasado cercano que aún recorre mi historia, la que me permitió conocer en las letras de los grandes juglares las historias de encuentros y amoríos de mis abuelos maternos. Aquellos merengues y paseos que hablaban de Patillal, Isabel Martinez o de La Vieja Sara, recreadas desde la magia de Rafael Escalona, Carlos Huertas, Leandro Díaz, Emiliano Zuleta, Rafael Manjarrez, Calixto Ochoa, Gustavo Gutierrez y hasta los recientes Iván Ovalle y Fabian Corrales han sido fundamentales en lo que a la narrativa de esa alegría y la nostalgia caribeña corresponde, no en vano, me atrevo a sostener, que no conozco un mejor antídoto para el alma que un vallenato de Los Hermanos Zuleta, Jorge Oñate o Los Betos. (Audio: Los Hermanos Zuleta – Isabel Martinez)


Con el flamenco mi historia es más particular, llegué a él por una grabación del gran Porrina de Badajoz y un trabajo de Pedro Iturralde con Paco de Lucía que escuché casi por casualidad en una radio universitaria por allá en el 1990. Para aquel entonces ya Ketama era el rey de las ventas para el sello Nuevos Medios y el aporte del tempranamente desaparecido Ray Heredia junto a Jose Soto “El Sorderita” habían dejado el terreno abonado para la llegada de Antonio Carmona, el hijo de Juan Habichuela, le diera paso con Juan y Josemi Carmona al nuevo flamenco, un movimiento que fusionaba sonidos del pop, el jazz y hasta el bossa nova con los sonidos tradicionales del cante. De aquella época también emergieron agrupaciones como La Barbería del Sur, Karakatamba, Jose El Francés y Pata Negra. (Audio: Ray Heredia – Quien No Corre Vuela)

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A Chabuco lo conozco hace rato, por Dayhan Díaz, El Majá y Rauliert Simpson y también por que alguna vez me pareció verlo en un grupo de vallenato juvenil llamado “Los Pelaos” por allá en 1997. Luego, por cosas de la vida escuché una versión de la canción de Fernand Dangond llamada Nació Mi Poesía y pude vivir la experiencia del vallenato en una dimensión más cercana al jazz y a los sonidos contemporáneos. Al comprar su CD El Café de la Bolsa sentí que su búsqueda estaba llegando a un puerto, pero confieso que jamás me imaginé que su próxima orilla fuera la del flamenco.

Cuando recibí en mis manos el CD De Ida y Vuelta y tuve el placer de escucharlo detenidamente, tuve una extraña sensación, la de imaginar al gran Ray Heredia recorriendo la Valledupar de mis recuerdos, imaginar a Leandro Díaz saludando a Camarón y entender por qué los juglares evocan los relatos y lamentos que de la madre patria heredamos todos los que hablamos esta lengua y a veces no entendemos los delgados hilos que hermanan nuestros caminos.

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Recorrí este trabajo casi 7 veces de cabo a rabo mientras volaba de Bogotá a Mexico DF y me deleitaba mientras lo iba compartiendo con melómanos de aquí y allá, me lo caminé muchos kilometros, los mismos que separan nuestra música, los necesarios para que se borrara mágicamente la distancia y el tiempo al escuchar a Josemi tocando a Escalona, Piraña remplazando con el cajón a la caja y la guacharaca la cadencia tradicional de un paseo y hasta al bajista cubano Dany Noel conectarse con nuestra esencia vallenata como lo hiciera el mismísimo Luis Angel Pastor ” El Papa”.

No se cuantas veces tenga que escuchar a Chabuco con los herederos de la dinastía Habichuela sonando a la Granada mediterranea y al Cesar del Guatapurí. Las veces que sean necesarias, las veces que tenga que hacerlo para que nuestra música entienda la dimensión de encontrar el punto que después de siglos une por arte de magia dos historias que se perdieron en el mar y se encuentran en las palmas. No se por qué pero a veces siento que un quejío flamenco es tan profundo como el ay hombe vallenato… ¡Salud por Chabuco! Todavia hay cielo para condenar a los maestros de la buena musica.

Esta es mi pieza favorita del disco…